sábado, 7 de mayo de 2011

El hombre es mudo

Se recostó con un tremendo dolor en el estómago, sin dar razón a sus malestares habló para pedir agua y un poco de pan. Lázaro ya era un viejo, los tiempos en los que corría como una libre habían acabado, no era lo mismo. Su hijo pedro tenía dos hijos, su esposa Sofía había muerto, y la vida seguía, sin detenerse, él pensaba en lo único y en lo insignificante, en lo lento y en lo efímero, en la muerte y en la vida, en realidad no quería meditar de nada, ya estaba harto. "¡Dios! Si es cierto que existe, contesta a mi llamado" Nadie respondía a los gritos de Lázaro, ni Pedro se atrevía a decirle algo. Mientras la incertidumbre rodeaba el cuarto, afuera, en el pueblo, las personas hablaban del pobre Lázaro, de lo bonita que fue su vida, de sus trabajos. Sin embargo, había quienes no les importaba, simplemente es otro hombre que iba a morir.

"¡Dios! Ayúdame por favor, no me dejes caer solo" y de nuevo nadie contesto. Lázaro reposó su último respiro, lo guardó para el final, para poder decirle a ese Dios, al cual perecía ser que no le importaba nadie ni nada, sus condolencias por su soledad, porque él quiere ser como Lázaro, quiere sentir ese dolor, y necesita dejar de escuchar las voces de los moribundos. Prefiere tirarlo, estrujarlo, olvidarse de su deber como Dios, si él no se preocupa porque se debería de preocupar Lázaro. Vio por última vez su cuarto, la foto de su esposa en el mueble de siempre, la lámpara de petróleo a media luz, y su hijo, quien era su bien más querido. Respiró su alma y salió de su cuerpo, sin nadie que la recogiera sin un Dios que viniera por ella.

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